El despertar de la comida 2

¿Qué hago yo hablando sobre cocina?

Sé muy poco sobre esto. No soy cocinero ni crítico. Es más: ni siquiera tengo un paladar muy desarrollado.

No soy ser experto del tema -ni lo seré-, así que escribo estos posts como externo al universo de la cocina: como el extranjero que llega a una nueva cultura y todo le asombra. El ser humano se alimenta de comida y de historias. Por muchos años, sólo me interesó lo segundo.

Comer era un trámite para mí. Durante ese tiempo sentía poca curiosidad por comer bien. No sé si era ascetismo, pereza o sólo desinterés, pero así viví por más de veinticinco años.

Algo tiene que ver con mi naturaleza. Siempre he sentido más curiosidad por los placeres internos que por los externos (de acuerdo a la definición de introvertido de Susan Cain). Además, soy algo distraído. Mi familia se sigue burlando de mí porque en una ocasión puse una Maruchan en el microondas… sin agua.

De los 10 a los 27 años preferí dedicar mi tiempo libre a otros hobbies (leer, jugar nintendo, como le dice Viviana a cualquier videojuego, escribir), y por lo mismo nunca me acerqué a la cocina.

Durante todos esos años comí de lo que hubiera. Aprendí a hacer huevos revueltos a los 25 años cuando me fui a vivir al departamento de mi hermano, y cociné mi primer milanesa de pollo dos años después.

Luego, algo sucedió.

En el verano del 2011 vi Jiro Dreams of Sushi, el documental de David Gelb sobre Jiro Ono, el primer chef japonés en recibir tres estellas Michelin por un restaurante de sushi (por cierto: David Gelb también dirigió Chef’s Table).

El atún fresco, el arroz recién hecho y la obsesión de Jiro por la perfección empezaron a despertar en mí un patrón de deseos y de curiosidades en torno a la cocina de chefs apasionados.

Entonces, me interesé por comer mejor.

En octubre de 2012 Viviana y yo cumplimos un año de novios. Teníamos un viaje programado a la Ciudad de México y me puse a buscar restaurantes en TripAdvisor. Creo que fue la primera vez que me interesé seriamente por buscar un restaurante para celebrar.

El Cardenal, un restaurante de comida mexicana cerca del Zócalo, aparecía en primer lugar. Muy pocos lugares abajo estaba Pujol, un lugar del que -vagamente- había escuchado hablar. Investigué precios y me decidí por El Cardenal. Pujol podría esperar.

La experiencia de El Cardenal fue muy buena. Me encantó el concepto de festejar comiendo con la(s) persona(s) que quieres.

La vida se compone de millones de momentos consecutivos, pero la mayoría de éstos se disuelven con el tiempo. Unos perduran de forma natural -el nacimiento o muerte de alguien, un triunfo importante, una película memorable, unas elecciones turbulentas, una noche difícil-, pero otros permanecerán sólo si los hacemos memorables: una comida diferente en un lugar especial con un servicio amable y humano tiene el poder de eternizar momentos.

En el 2014 volvimos a la Ciudad de México para festejar nuestro tercer aniversario, y ahora sí fuimos a Pujol, el restaurante de Enrique Olvera que ocupaba el lugar 20 en la lista oficial de Pellegrino 2014.

Pujol estuvo increíble. Nunca había comido así. Nos encantó la comida (té de elote, kale frita, betabel / calabacita, taco de lengua, polvo de cacao), lo pulcro del lugar (‘no hemos roto una copa de vino en X años’, nos dijo uno de los meseros) y el trato. Valía la pena viajar -y pagar- para ir a lugares como éste.

Por más amateur que uno sea en materia culinaria, comer en Pujol impacta. Pujol nos hizo convencernos de que queríamos visitar otros restaurantes de esa calidad.

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