Espacio en blanco pt. 1

El lunes

No pido mucho. Sólo quiero ver algo diferente, una reacción, una broma, un tono de voz que me despierte (o me mantenga despierto), un par de ojos que me sonrían y me hagan parte del grupo. Quiero que alguien se levante y haga algo diferente, como entrar a la oficina sin zapatos, imitar al gerente de RH, o contar una buena historia durante la junta mensual.

Me interesa encontrar la humanidad que se esconde detrás de cada empleado con quien comparto el piso, y descubrir si sí son seres humanos con sueños y pasados ordinarios (quizá en común).

Hace unos días vi Jorge, un amigo que trabaja en Japón. Me explicó que el departamento de RH de la empresa donde trabaja produce y graba pequeños videos sobre la vida y hobbies de cada empleado. Luego, en la reunión anual, transmiten esos fragmentos al resto de la compañía. Así se enteró que el gerente de finanzas tiene dos hijas, que el pelirrojo de IT juega Dungeons and Dragons los fines de semana y que la asistente del director escala por las tardes.

Le di un trago al café, y asomé la cabeza a otros cubículos. Me sentí un poco como en El Proceso de Kafka.

El martes

Me gusta tomar café. Es de las cosas más emocionantes que hago diariamente, además de esperar las seis treinta de la tarde.

Durante la carrera tomé muchísimo café. Los primeros años de graduado lo cambié por té, pero prontó volví al café. No sé: me encanta el olor.

Además, lo tomo porque

  1. es un placer gratis,
  2. es de las drogas socialmente aceptadas, y
  3. porque despierta cosas buenas atándome a este mundo.

Es algo así como mi Sancho Panza, mi reality test. Es lo que me hace sentirme como cuerpo que colisiona con otras realidades físicas.

¿Dónde trabajo? No importa tanto (al menos no estos primeros capítulos). Pero te adelanto: trabajo en una empresa de 50,000 empleados.

El corporativo tiene tres pisos y, aunque comparto oficina con 800 empleados, conozco sólo a treinta de ellos. Conozco como a otros veinte de nombre y a otros tantos de cara, pero el resto son complementamente desconocidos para mí.

Nunca he hablado con el director general. La verdad, tampoco me muero por hacerlo. Sé que trabajo para él, y para una serie de tipos trajeados que veo pasar una mañana de abril mientras se dirigen a la asamblea anual, pero tengo poco interés en involucrarme con la dirección.

No sé: supongo que es una especie de rechazo natural. Un mini trauma de no-soy-tan-importante, o algo así.

El miércoles

-¿Nos puedes explicar por qué no has terminado el reporte? A las doce tengo junta con el Director de Finanzas, y lo necesito para presentar mis resultados. A ver cómo le haces.

Se me pasó por completo. He estado ocupadísimo con otros proyectos, y no veo cómo organizar mi día para sacar todo lo que me piden.

Volví a mi lugar y abrí el archivo. A media mañana vomité el omelet vegetariano de la mañana. No, nunca seré vegetariano, pero sí quiero bajar esta panza constituida por carne-de-vaca absorbida durante meses.

Regresé a mi Outlook, y tenía ocho correos nuevos. Sentí náuseas de nuevo, pero me aguanté. Contesté uno por uno mientras algunas lágrimas mojaban cada ojo.

Salí de la oficina y me enfrenté a un tráfico brutal, cual huida apocalíptica, con los dragones, las trompetas y todo (y los sellos, signifiquen lo que signifiquen). Un camión con picos de mario kart en las llantas casi colisiona con mi auto.

En mi casa -donde puedo ser yo y pensar como quiera- había dos bohemias a punto de congelarse esperándome.

-Ven, dijo una.

-Tómame, dijo la otra.

-Tómanos a las dos.

Tomé la más fría de las dos y le quité la corcholata. La corcholata rebotó en la barra y luego cayó al suelo. Bien por ella, pensé. Le di un trago largo. Cerré fuertemente los ojos y presté atención a mi cuerpo.

Saliendo del pequeño trance decidí pedir una pizza. Después de colgar saqué el ipad para leer el nytimes. Ahí, en la sección editorial encontré el siguiente artículo:

“LOS HILOS Y EL TIEMPO

Por Mauricio Velázquez

Antier falleció mi padre. En varias ocasiones usé este espacio para hablar de él. Seguro te acuerdas de la historia de las clases de música, de sus caminatas por el parque de la colonia, o de cómo (casi) nunca logramos empatar nuestras sensibilidades. Mi padre fue un gran hombre que hizo lo que pudo con lo que recibió. Y estoy muy orgulloso de su vida y obra.

Esto me hizo pensar: no sé si soy (si eres, si somos) dueño del tiempo o es al revés.

Si lo primero es cierto, debo aclarar que nadie me ha explicado cómo programar la realidad, ni cómo diseñar los mañanas. En ningún lugar he aprendido (conversación, clase, libre o edad) a construir momentos o a crear minutos. Observo, tomo decisiones y las vivo en un tiempo determinado, pero no puedo ir más allá. No puedo garantizar que mis decisiones perdurarán (ya sea en mí, en los demás o en el mundo). Soy incapaz de controlar otros destinos, personales o naturales. Siempre existe un velo infranqueable que me separa del control total.

Si lo segundo es cierto, tengo algunas preguntas: ¿qué busca de mí? ¿dónde lo encuentro?

Si lo primero es cierto, ¿cuál es la relación entre la conciencia y el tiempo? Si la conciencia es la que lo interpreta, ¿qué tan exacta o asertiva (por decirlo así) es? ¿qué tanto está sujeta a errores, subjetivismos y malinterpretaciones? Y, ¿cuáles son las consecuencias de esto?

Cada sentido tiene la potencia de percibir algo único. ¿Qué le toca a la conciencia en cuanto a yo-aquí: el tiempo, o la capacidad de decir ‘yo estoy aquí’, en un lugar determinado?

Me interesan estos temas para entender qué carajos es la libertad, y qué tanto debo participar de mi vida. Conozco a muchos que dicen: sabes qué, fuck it, haz lo que quieras conmigo.

Yo, no sé, aún no lo decido. Si sí soy dueño del tiempo, tengo muchas cosas qué hacer: encontrar personas con quien pasar mi vida, presentarlas entre ellas para que de alguna forma se queden cerca, descubrir qué cosas me vienen bien y cuáles no, decidir si creo o no en cosas.

Tendría que conocerme bien para desarrollar talentos, exprimir pasiones y elegir caminos (en plural, porque nadie sigue UN sólo camino).

Si no, si sólo soy un títere controlado por hilos, quiero saber para dejar de levantarme temprano y de darle el paso a los carros que ponen direccionales. Si no soy dueño del tiempo, avísenme para prender la tele. Seguro hay cosas entretenidas en Netflix.”

Cuando terminé de leer el artículo, algo se rompió en mi cabeza. Vi luces desconocidas que iluminaron pasajes poco claros de mi futuro.

Esa noche dormí mal, como quien espera levantarse y toparse a Hagrid.

Un mundo donde la creatividad, la imaginación y el coraje sirven de algo.

En la madrugada soñé con el lugar donde pasé todas las vacaciones de mi infancia. Sentí los sillones, olí la playa, probé el agua salada, escuché los anuncios en inglés, toqué la arena.

Luego, me perdí en los misterios oníricos de mi cabeza. Vi muchas imágenes que aparecieron esporádicamente frente a mí durante los siguientes meses.

El jueves

El jueves fue diferente porque empezaron muchas cosas, varias de ellas en mi cabeza, otras en la realidad.

Abrí los ojos sesenta segundos antes de lo ordinario. Dediqué los primeros cuarenta a planear mi día y el resto a cancelar la alarma que estaba por sonar.

Desayuné un sandwich de pimiento morrón, tomate y aguacate y un poco de jugo de naranja con nopal.

De camino al trabajo apareció 1901 de Phoenix.

A medio camino descubrí que habían cambiado algunos panorámicos. Anunciaban cámaras fotográficas, aires acondicionados y cerveza.

Además, dejé el teléfono en paz. Siempre texteo, tuiteo o leo mails mientras manejo, pero esta vez tuve poca necesidad de ponerle atención. Me dejé llevar por las historias que me inventé de mí mismo y de las otras personas (conductores, principalmente) que vi durante el trayecto a mi trabajo.

Me estacioné en un lugar diferente al acostumbrado. No me importó caminar bajo el Sol veraniego de Monterrey. Entré casi corriendo a la oficina. Saludé a la recepcionista y subí las escaleras de tres en tres.

En vez de entrar a mi área (el área contable), doblé a la derecha y caminé hasta el fondo del pasillo. Pasé mi tarjeta por el filtro de seguridad y se abrieron las puertas automáticas.

Ahí, a unos pasos de mí, estaba Vero. Me acerqué y le dije al oído (después de su sobresalto natural): ‘Ya volví’.

A Vero se le iluminó la cara. Se dio media vuelta en su silla y me abrazó.

Regresé a mi lugar y en pocos minutos resolví los problemas de ayer. Cerré la computadora y entré a la oficina de mi jefa:

-Quiero hablar contigo.

-Te habías tardado, me dijo, con una sonrisa.

En la noche fui a un concierto de la Sinfónica. Tocaron algo de Mozart (mñe), el 2do de Brandenburgo con Jens Lindemann en la trompeta (mágico, divertido, único), y algo de Schumann (no soy tan fan del romanticismo alemán: me parece demasiado serio y ceremonioso).

Recuerdo el primer jueves que fui a uno de sus conciertos. Yo estaba roto por dentro. Era una mañana de febrero. Hacía un frío terrible. Nunca he tocado el violín o el violoncello, pero debe ser difícil hacerlo con los dedos entumidos.

Entré al auditorio y me senté en la parte de abajo. Llevaba una gabardina que me regaló mi abuelo.

Los músicos ya estaban en el escenario. A los pocos minutos anunciaron la tercera llamada, e inmediatamente después uno de los violinistas de en frente se puso de pie y afinó al resto (sí, era mi primer concierto).

El director, un argentino bonaerense entró con un aplauso y tomó la batuta. Se hizo un silencio bíblico, y todos mantuvimos la respiración. Uno de los trompetistas movió la cabeza, y el concertino lo miró de reojo.

El director respiró y levantó las manos. Alzó un poco la cabeza y se dirigió a los oboes.

De repente, sentí que se abrió la tierra, y entraron a ella sonidos nuevos y extraños. Sentí un escalofrío por todo mi cuerpo mientras escuchaba un mundo surreal narrado por instrumentos. Recordé los poemas de Rubén Darío y los kimonos japoneses. Reaparecieron sueños y fantasías que no encontraba desde mi infancia. Sentí que algo tocaba mi alma y la habilitaba para emociones desconocidas.

Me sentí listo para seguir esas voces que tanto había buscado. Y ahora estaban frente a mí.

El viernes

¿Por qué escribo este libro? Porque creo en los textos. Porque quiero creer que los textos nos van a salvar de nosotros mismos, como ya nos han salvado en otras ocasiones. Porque soy un maniaco de las letras, de los papeles, de los espacios en blanco y de los retos.

Escribo porque la vida es muy corta, y quiero dejarle a Joaquín las historias que constituyen mi vida. No soy bueno para relacionarme con los demás ni para estructurar mis ideas de forma oral, y me daría una gran tristeza que Joaquín creciera sin conocer el pasado de su padre. 

¿Por qué no lo publico ahora? Porque le saco. Prefiero guardarlo y dejarlo madurar en el olvido de los años. Algunas personas descubrirán sus rostros, sus miedos y sus emociones entre los párrafos de mis historias, y eso le quita misticismo a los textos que tienes en tus manos.

Prefiero dejárselo a Joaquín y que él decida qué hacer. 

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